"He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricos famélicos muertos de hambre arrastrándose por las calles, negros al amanecer buscando una dosis furiosa, cabezas de ángel abrasadas por la antigua conexión celestial al dínamo estrellado de la maquinaria de la noche, quienes pobres y andrajosos y con ojos cavernosos y altos se levantaron fumando en la oscuridad sobrenatural de los departamentos con agua fría flotando a través de las alturas de las ciudades contemplando el jazz."
Allen Ginsberg - "Howl" ("Aullido"). 1956.
En la Argentina en crisis del 2001 y 2002 era común escuchar la leyenda del "doctor que trabaja de taxista", como metáfora del profesional con destino de grandeza que se rebaja en sus aspiraciones y trabaja de lo que pueda y de lo que venga.
Estoy plenamente convencido que trabajar en el centro, mas específicamente en el microcentro, tiene efectos mentales nocivos sobre la gente (mas adelante en algún otro texto abordare este punto con mayor profundidad), que quizás no vean ahora, pero seguramente los verán a largo plazo.
Es en ese paisaje en el cual diariamente me topo con cientos de destinos estrellados, de talentos desperdiciados, de curriculums sobre calificados para trabajos precarios. De gente que no pertenece allí, intentando pertenecer.
Resignación, adaptación, bajar la cabeza, aceptar, olvidar… encerrar los sueños bien lejos, dejarlos en anhelos esporádicos, en deseos mentales, en ojos que brillan con nostalgia al recordar.
Ginsberg se refería a otra cosa, lo se, pero la locura no es solo alucinógena y arrastrarse no es solo para los famélicos… ¿Alguna vez vivieron nuestra vida? Las empresas nos proveen de las alfombras correctas para arrastrarnos y cada día nos sirven café con un cuarto de Valium para poder aullar mejor.
Nadie soñó jamás, nadie sueña, ni nadie soñara… Nadie quiere ser oficinista “cuando sea grande”.
